La comba

Escribía ayer Segurola en El País que Ronaldinho “ha decidido administrar su ingenio con cierta usura (…) Da la impresión de dejarse gasolina en el tanque”.

En su relato del gol, en cambio, puede olerse la gasolina.

“Un milagro. Lo protagonizó Ronaldinho, autor de uno de los goles del año, por su belleza, por la trascendencia y por novedoso. La pelota discurría frente al área del Chelsea sin aparente voltaje, a la espera de que a alguien se le encendiera la bombilla. Tocó en corto Iniesta para Ronaldinho, quieto frente a la hilera de defensas del Chelsea. La normalidad exigía una pared, la búsqueda de alguien que entrara desde la segunda línea, quizá una apertura hacia el flanco izquierdo (…) En lugar de elegir el trámite, la normalidad, lo esperado, Ronaldinho vio en la jugada lo que nadie adivinaba. Miró más lejos que nadie, o miró donde nadie sospechaba. Estaba quieto, sin aparente posibilidad de amenazar al portero, a un gran portero, por cierto. El remate era impensable. Sin embargo, Ronaldinho lo pensó perfectamente. En algún lugar de su cabeza calibró que había medio metro libre cerca del palo derecho de la portería. Lo que siguió fue instantáneo. Sin recorrido para armar la pierna derecha, la levantó como un palo de golf y luego cruzó el más delicado y perfecto de los remates. La pelota tomó una ligera comba en su trayectoria y entró a un dedo del poste, ante la mirada estupefacta de Cech”

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