La crisis de los guiñoles

“Los franceses nos atacan”, titulaba hace unas horas Marca.com después de que los guiñoles de Canal+ Francia hicieran sangre por primera vez con la sanción de dos años a Alberto Contador. El caso Contador es complejo y se ha analizado ya al detalle mejor de lo que podemos hacerlo en este blog, pero el asunto de los guiñoles -por más que a estas alturas ya suene ridículo- también tiene su enjundia.

Las opiniones parecen concentrarse en dos posturas: la mencionada y mayoritaria “los franceses nos atacan” y una más restringida y un tanto snob: los guiñoles son guiñoles, pertenecen al territorio del humor y pueden hacer lo que les dé la gana, sin rendir cuentas a nadie.

La postura patriótica se cae por su propio peso. Primero, porque los guionistas de los guiñoles, siendo franceses, no son “los franceses”. Segundo, porque según aseguran quienes conocen el programa, los guiñoles atizan a todo, incluidos los deportistas franceses. En situaciones similares han aparecido en el programa Richard Virenque, Didier Deschamps o Amelie Mauresmo. Además, existen varios puntos de partida ciertos e indiscutibles: uno, que Contador dio positivo; dos, que la lucha contra el dopaje en España transmite sensación de caos a cualquiera que se moleste en informarse. Ahí están la Operación Puerto y la Operación Galgo.

La segunda postura también tiene lo suyo. Resulta que basta colocarse en la solapa una placa con la palabra “humorista” para hacer cuanto te venga en gana. Si alguien discrepa de lo que deseas transmitir, eso es que el pobre no tiene sentido del humor.

Así, nos encontramos a Rafa Nadal retratado en látex como un saco de anabolizantes andante. Entiendo que los guiñoles exhiben a Nadal como símbolo del deporte español, pero en ese empeño manchan su imagen con jeringuillas que no son suyas. Habría bastado con un muñeco del propio Contador o, si no había tiempo para crearlo, con un monigote ataviado con casco de ciclista, gafas de sol y maillot rojigualda.

En los míticos guiñoles de Canal+ España, Louis Van Gaal carecía de rostro humano. En vez de cara, le colocaron unos ladrillos. Seguramente el muñeco no hacía la menor gracia a Van Gaal, ni tenía por qué hacérsela, pues también era una sátira. Pero tenía un fundamento: el carácter cerrado y cuadriculado del propio Van Gaal. En eso consiste una parodia: en tomar un rasgo y llevarlo al extremo. La caricatura en ningún caso consiste en dibujar nuevos rasgos a quien no los tiene (en ese caso ya no es una caricatura), tan solo en exagerar los ya existentes. Y si bien la caricatura no se puede juzgar con los mismos criterios que un retrato artístico, no por ello debe quedar exenta de crítica. Una parodia de actualidad, como los guiñoles, debe basarse en la realidad, aunque luego la distorsione a su antojo. Y la realidad es que Virenque o Contador han estado envueltos en casos de dopaje, no así Nadal, Casillas ni Mauresmo.

Y como en este blog preferimos no opinar sobre política, no comentaré la noticia de que el Gobierno estudia tomar medidas contra Canal+ Francia. La crisis de los misiles, una tontería al lado de la crisis de los guiñoles.

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