Cassano, un corazón intermitente

La vida, como el fútbol, también es cuestión de suerte. Por inesperados celebramos los goles y espantamos la tristeza. Por inesperadas celebramos las resurrecciones, el emotivo tránsito entre el fracaso y el éxito. Antonio Cassano sabe mucho de regresos. Él va y viene del talento a la nada, del arte a la bagatela, como una vida agitada por el viento, viviendo de las rentas que unas botas diamantinas ofrecen. Lo suyo ha sido siempre un viaje caprichoso. De victoria en victoria hasta la derrota final. Siempre ha sido el culpable de sus desdichas, el protagonista de una carrera irregular y antojadiza; salvo cuando en el frío octubre milanés saltó la noticia de su enfermedad.

Empezó a ver borroso, balbuceaba y caminaba desorientado. El médico del AC Milan lo llevó al hospital para descartar complicaciones. El equipo venía de ganar a la Roma, precisamente el club donde bautizaron a Cassano como Il Talentino. Tras unas horas de observación y todo tipo de rumores acerca de su salud, el club emitió una nota de prensa: el jugador había sufrido un ictus isquémico. Su cerebro había sufrido un daño que no había dejado secuelas neurológicas permanentes. Su corazón venía roto de fábrica. El músculo dijo que no podía más y avisó al resto del cuerpo. Un conducto que ayuda al feto a respirar y que se debe ir cerrando hasta la vida adulta aún estaba abierto. Como una metáfora, como un residuo infantil que hacía imposible la vida de un hombre. Una comunicación entre las aurículas que ya debería estar muda.

Durante las setenta y dos horas de pruebas en el Policlínico de Milán en torno a Cassano no habría otra cosa que ruido. Que tuviera que dejar el fútbol parecía el menor de los males. Desde luego, para los amantes del fútbol el talento de Cassano no podía quedarse en el pasillo helador de un hospital. Las palabras del club despejaron las dudas, el jugador nacido en Bari podría volver, tarde o temprano, al césped de los domingos. Cassano estaba de nuevo entre nosotros.

Tras una irrupción fulgurante en el Calcio con el equipo de su ciudad, fue la AS Roma la que se hizo con los servicios del díscolo delantero italiano. Ya eran famosas sus cassanatas, esas salidas de tono entre lo bufo y la irreverencia adolescente. Fabio Capello gobernó su carácter y le hizo brillar en el equipo giallorosso. Sus primeros éxitos, grandes goles y una presencia sobre el rectángulo de juego que quedó grabada en la retina de medio mundo. Después de nuevo a las andadas, al pueril enfado, al desacato. Hasta que en una inesperada jugada el Real Madrid decidió llevarlo, a él y a sus circunstancias, hasta la capital de España.

Allí vimos a la caricatura de un futbolista. Superado por la presión y el juego, pasó sus días engordando el monstruo que todos llevamos dentro. Apático, melancólico, soporífero con el cuero en los pies. Presa de la burla de una prensa poco comprensiva con los ídolos con pies de barro. Ausente dentro y fuera del estadio. Casi acabado, de nuevo, para el fútbol. Por ese latido irregular de Fantantonio, por esas fuerzas anónimas, volvió al ruedo y no se dejó arrastras por la nadería. En la Sampdoria se encontró de nuevo consigo mismo, y pese a quedar fuera de la Italia que ganó el Mundial 2006, hizo méritos para volver a vestir la sagrada camiseta azzurra.

En la Eurocopa de Austria y Suiza en 2008 brilló a las órdenes de Roberto Donadoni hasta que España, la posterior campeona del torneo, apeó al equipo transalpino. El Milan fue su siguiente destino. Allí volvió a ser el futbolista que abocetaba. Su fútbol de asociación, el magnetismo con el balón, su valentía en el desborde volvieron a ser sus enseñas. Felicidad hasta que el corazón frenó sus piernas con un mensaje de socorro.

Pero Cassano ha renacido -¿cuántas veces van ya?- justo antes de esta Eurocopa. Ha llegado justo a la llamada de Cesare Prandelli. Tiene poco ritmo todavía, el recuerdo fresco del quirófano, pero sus servicios son imprescindibles en un equipo que quiere reverdecer la corona que por historia y fútbol les pertenece. No sabemos si será fundamental o no, si su fútbol está preparado para el reto que ahora le ofrecen, pero desde luego es una historia que merece ser contada. La de un joven frágil que confunde suelo y cielo con una facilidad enternecedora. Que ha sabido reencontrarse, que ha sabido superar el hastío de un corazón enfermo, que aún tiene músculo para patear el balón al centro de la portería de su propia vida.