Medallas para el ego

Con frecuencia utilizamos el término “olimpiada” para referirnos a los Juegos Olímpicos. Error, por más que se empeñe la RAE. La olimpiada es el periodo de cuatro años que transcurre entre cada edición de los Juegos Olímpicos. También podríamos definirlo como el tiempo durante el cual los medios de comunicación españoles ignoran a un amplio grupo de deportistas y disciplinas hacia los que, súbitamente, vuelven los ojos cuando la llama olímpica y sus implicaciones comerciales así lo aconsejan.

Y así, entre floretes, doma clásica y ‘forinainers’, regresa a nuestras vidas una expresión diabólica: “Opciones de medalla”. Al encender la radio por la mañana, un locutor nos avanza en el boletín, a modo de menú del día, cuáles son las “opciones de medalla” de la jornada. Porque claro, si al cabo de cuatro años dedicamos unos días de sillónball a estos chicos, es porque son capaces de ganar algo, de dar una alegría al ego nacional. Da igual que la medalla venga con un ippon o con un penalti-córner. El caso es que venga.

Hay algo de cierto en eso de que el deporte español atraviesa su edad de oro, lo cual quiere decir también que algo no acaba de encajar en dicho lema, formulado al calor de figuras únicas, irrepetibles. Es el caso de Nadal y Gasol, olímpicos y estrellas mundiales en deportes de masas. También, por supuesto, de deportistas que no estarán en Londres: Alonso, Lorenzo, Casillas, Iniesta… Un esplendor innegable que, al mismo tiempo, eclipsa la triste realidad de disciplinas que son la base de los Juegos. No hay más que ver el páramo en el que se ha convertido en España el atletismo, el gran deporte olímpico. Cada jornada en que las “opciones de medalla” se queden solo en opciones, sin medalla, será una buena ocasión para recordarlo.

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