El Madrid está viviendo una crisis deportiva e institucional desde el verano del 2003. Una profunda crisis que podía haber hecho saltar por los aires la Casa Blanca si el Barça no hubiera pecado, durante dos temporadas, de falta de profesionalidad en el vestuario y de autocomplacencia en el palco. [...] En el Barça esto no hubiera pasado. Porque el club blaugrana tiene un presidente que mantiene su proyecto deportivo desde el primer día. Con altibajos y graves errores, sí, pero siempre con la misma idea futbolística. Y con sólo dos entrenadores: Rijkaard y Guardiola. Diferentes, pero iguales. Con distintos métodos, pero con el mismo objetivo. El holandés ganó dos Ligas y una Champions en sus tres primeros años y sólo su falta de mala leche le privó de seguir sumando títulos. Pep, con la misma plantilla, ha regenerado la ilusión y el placer por el espectáculo. Todo, gracias a la apuesta firme y decidida de Laporta.
Sólo Jan está preparado
Laporta no dimitirá. A pesar de que todas las fuerzas del entorno barcelonista se han aliado en su contra, el presidente seguirá gobernando el club hasta el 2010. Su único objetivo ahora es agotar el mandato y culminar un proyecto deportivo, institucional y económico en el que todavía cree y que todavía le ilusiona. No se trata de un pulso por mantenerse en el poder a cualquier precio, ni de seguir mandando por intereses ocultos, sino de ejercer la responsabilidad. Al Barça no le conviene iniciar ahora un proceso electoral. No existe ningún candidato preparado para presentar un modelo de club capaz de funcionar en un plazo de sólo dos meses. Ni siquiera Sandro Rosell. De hecho, el ex vicepresidente volverá a sus cuarteles de invierno a la espera de tiempos mejores. Como deberían hacer todos los eternos aspirantes si quieren que haya estabilidad.
No se trata de abogar por el pensamiento único, ni de renunciar a la crítica, al debate o a la opinión. Al contrario. Se trata de intentar acabar con el acoso y derribo al que ha sido sometido Laporta en los dos últimos años, durante los cuales sólo se han magnificado los errores pero no se ha dado el más mínimo crédito a los éxitos, que también los ha habido. El propio Oriol Giralt, promotor de la moción de censura, reconocía ayer que “esta junta debe tener ahora el apoyo de todos los socios”. El, que ha sido el brazo ejecutor del proceso, pide, en un acto de barcelonismo que le honra, que dejen gobernar con tranquilidad a este presidente los dos años que le quedan.
Actualización (14.00): el propio Lluis Mascaró acaba de anunciar en la web de Sport que Laporta dimitirá este jueves. El “Laporta no dimitirá” con el que abría Mascaró esta columna cobra ahora una nueva dimensión. ¿Se podrá calificar la renuncia como “un acto de barcelonismo que le honra? ¿Qué fue de aquello de “ejercer la responsabilidad”? ¿No contribuye esto a crear más “inestabilidad” que la moción de censura?
Jan no ha engañado a nadie
Cuando Joan Laporta habla ante las peñas del Barça, resulta que no lo hace como presidente, sino a título personal. Él dejándose en el club los mejores años de su vida y aún hay gente que no lo entiende. Menos mal que hoy nos lo explica una vez más Lluis Mascaró:
Ser del Barça no significa ser catalanista. Ni tan siquiera nacionalista. Y mucho menos independentista. Incluso se puede ser del Barça sin ser ciudadano de Catalunya. Culés, socios y no socios, los hay y muchos repartidos por España, por Europa y por el resto del mundo. Si de algo puede presumir el FC Barcelona es de universal y de integrador. Por eso el “Visca Catalunya lliure!” que Laporta gritó al final de su discurso en Olot no puede ni debe interpretarse como un ideario de club, sino como un posicionamiento personal del presidente. Laporta puede haber cometido muchos errores durante su gestión pero, políticamente, no ha engañado a nadie. Ya en la campaña electoral del 2003 dejó claro cuáles eran sus ideales y ha sido fiel a los mismos hasta hoy. Otra cosa es que este posicionamiento tan radical del presidente guste más o menos a un importante sector del barcelonismo. Y ahí radica el problema.
Política y fútbol nunca han conformado un cóctel demasiado acertado, pero todo buen culé sabe qué significa el Barça para muchos catalanes: la representación deportiva de una nación sin Estado. Seguro que un tanto por ciento muy elevado de los más de 160.000 socios actuales no comparten, hoy en día, estos valores que Laporta considera intrínsecos del barcelonismo. Por eso, dirigirse a las peñas –¿qué le pasa a Laporta cuando habla ante las peñas?– con este discurso independentista no resulta estratégicamente acertado cuando lo que se trata, presuntamente, es de captar adeptos en contra de la moción de censura uniendo sentimientos y no provocando polémicas innecesarias. Pero Laporta es, como él mismo reconoce, “tal com raja”. Y eso, a veces, molesta. Sobre todo si no se tiene en cuenta el alcance de según qué manifestaciones.
Al presidente del Barça –al actual y a cualquiera– debería juzgársele por su gestión deportiva, económica e institucional. Sin embargo, Laporta está consiguiendo que a él se le juzgue por su personalidad, por su carácter y por sus declaraciones y no por el estricto desempeño de su cargo. Un tremendo error que ya le está pasando factura. La crispación que provoca la figura de Laporta está tapando todos los éxitos que ha conseguido su junta directiva a lo largo de sus cinco años de mandato. Y eso tampoco es justo.
¡Jan, guapo, guapo, guapo!
Dentro de 48 horas sabremos si, por segunda vez en la centenaria historia del Barça, un presidente del club blaugrana debe someterse a una moción de censura. Hace diez años un joven abogado llamado Joan Laporta, bajo el manto mediático y económico del Elefant Blau, pudo reunir las firmas necesarias para obligar al todopoderoso Josep Lluís Núñez a acudir a las urnas. [...] Este próximo jueves, Laporta puede ser pagado con la misma –y democrática– moneda, en el caso de que otro abogado –ni tan joven ni tan guapo, todo hay que decirlo– confirme que ha conseguido el apoyo de casi seis mil socios.
La casposa celebración blanca
Hay quien cree que Lluis Mascaró entrena para ser así de patético. Yo creo que no. Si entrenara, posiblemente, fracasaría.
El único interés que tiene el partido de esta noche para el Barça es fastidiar el alirón del Real Madrid. Una victoria en el campo del Deportivo serviría para que Calderón tuviera que comerse con patatas la fiesta que tiene montada en la Cibeles. Retrasar la casposa celebración blanca es la recompensa que le espera al equipo de Rijkaard si suma los tres puntos en Riazor.
Lamentable. Sigue la campaña contra Laporta. Los personajes siniestros que nunca han aceptado que sea el presidente del Barça no cejarán en su empeño de hacerle la vida imposible hasta el último día de su mandato. Conspiraciones, amenazas de muerte, seguimiento con detectives y ahora robo de su ordenador personal. Esto no es un juego de niños, sino una guerra sucia sin cuartel. ¡Qué despreciables pueden llegar a ser las personas que tienen fines tas ruines!
Jan puede sentirse satisfecho
La pañolada del domingo en el Camp Nou no tiene nada que ver, nada, con la que hace cinco años desembocó en la destitución de Van Gaal, la dimisión de Gaspart y la convocatoria de elecciones anticipadas. Hace cinco años el club sufría una gravísima crisis deportiva, institucional, económica y social. La herida era muy profunda y los culés no podían soportar más la frenética pérdida de prestigio de la entidad y la vergonzosa gestión de un presidente que pasará a la historia como el peor de todos los tiempos. Ahora, la crisis se circunscribe a los malos resultados del equipo de fútbol en el último año y medio. Dieciocho meses en los que no se ha ganado nada y, lo que es peor, se ha dilapidado la ilusión por un proyecto que estaba llamado a convertirse en más triunfal que el Dream Team. Una gran diferencia…
Laporta y su junta directiva deben hacer autocrítica y reconocer las cosas que no se han hecho bien y, sobre todo, las que se han hecho muy mal. Especialmente, en lo que hace referencia a la falta de disciplina en un vestuario que se les ha escapado a todos de las manos. Pero el presidente puede sentirse satisfecho del vuelco total que ha experimentado el Barça durante su mandato, posicionándose como ‘més que un club’ en todo el mundo, proyectándose internacionalmente como una entidad solidaria y convirtiéndose en una sociedad económicamente saneada y con capacidad para generar nuevas fuentes de ingresos sin necesidad de vender la camiseta al mejor postor. Desgraciadamente, la gestión de un club de fútbol continúa valorándose, únicamente, por el marcador. Y en eso se ha fallado por culpa de una autocomplacencia que no supo ni detenerse a tiempo ni modificarse cuando se debía.
Eso es lo que criticaron los culés que sacaron pañuelos, bolsas de plástico y hasta trozos de periódico para mostrar su protesta. Una protesta que iba dirigida al campo, al banquillo y, por supuesto, al palco. A unos jugadores que se han acomodado y que cuando quieren ya no pueden. A un Rijkaard que ha perdido la poca credibilidad que le quedaba y que tiene los días contados. Y a una directiva que debe reflexionar profundamente sobre los pasos a seguir a partir de ahora porque no pueden equivocarse más. Las decisiones que se tomen este verano marcarán su legado.












Se comenta que…