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Vestir el blanco

Hasta que, el pasado sábado, acomodó la pelota y se giró para golpearla, nadie había reparado en James Rodríguez. Cuando digo casi nadie no me refiero a usted -no somos nadie- ni a los parabólicos, sino a las grandes portadas y a los programas líderes de no se sabe muy bien qué. Es probable que hasta hace dos días leyeran su nombre con pronunciación británica (una especie de Miula inverso) y me consta que alguno elucubró con la caja que iba a hacer el Oporto (sí, el Oporto). Da igual. El caso es que, después de sus dos goles a Uruguay, James Rodríguez salió de Maracaná como el hombre del Mundial, al menos hasta ahora, y eso debe tener un reflejo.